Mientras tajan Tajamar

Con el paso de estos huracanes Gilberto (1988) y Wilma (2005), Cancún perdió –y probablemente nunca vuelva a recuperar– mucho de lo que era: Wilma arrasó con más de 12 kilómetros de sus playas, las cuales pasaron de ser un manto blanco y suave a uno rocoso y escarpado. Para compensar esta pérdida ha sido necesaria una constante extracción de arena del fondo del mar en la isla de Cozumel, con el respectivo impacto a la estabilidad costera y a las comunidades coralinas que esta actividad conlleva. Cada año se ha incrementado la importación de más y más arena, porque la erosión de las playas no se ha detenido y difícilmente lo hará.

Detrás de estas “soluciones” está la misma lógica de combatir la obesidad comprando una talla de pantalón más grande. Lo único que podría evitar que continúe la erosión sería un aumento en la cobertura vegetal de las zonas costeras, principalmente con la presencia de manglar. Cada metro cuadrado que se tala en este ecosistema supone un aumento en la vulnerabilidad de las playas ante los eventos climáticos extremos.

El turismo busca sol y arena, sí, pero sin manglares no hay arena, y sin ella no hay turismo. Los recientes acontecimientos en Tajamar hacen evidente que, a pesar de más de dos décadas de deterioro por razones ambientales, ni la industria hotelera ni las autoridades han entendido por qué se debe conservar el manglar.

Tajamar es el nombre de un complejo turístico impulsado por el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur) cuya construcción implica la pérdida de 57 hectáreas de manglar en la laguna Nichupté. Tanto en México como en el ámbito internacional, los manglares son considerados uno de los entornos naturales de mayor importancia ambiental, económica y social. El manglar es el ecosistema más productivo del planeta: refugio y centro de crianza para una gran cantidad de especies, barrera natural contra huracanes, amortiguador de la fuerza de las inundaciones, filtro para mantener la calidad del agua.

En México, una norma oficial (la NOM-022-SEMARNAT-2003) y un artículo (el 60 TER) de la Ley General de Vida Silvestre protegen el ecosistema del manglar. Estas disposiciones son claras respecto a la prohibición de actividades humanas que afecten de manera directa o indirecta a los manglares. Una norma adicional (la NOM-059-SEMARNAT-2010) resguarda bajo la categoría de “amenazadas” a las cuatro especies de árbol de manglar presentes en el Caribe mexicano.

A pesar de que la protección legal del manglar es una de las más estrictas en México, las autoridades ambientales han fallado en contener su deforestación. De acuerdo con el Instituto de Ecología y Cambio Climático (INECC), de seguir con la actual tasa de destrucción, México habrá perdido entre el 40 y el 50% de la cobertura de manglar para el año 2025. El deterioro ha sido tan grave y tan deliberado que en 2011 la Auditoría Superior de la Federación reprobó el trabajo de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) en materia de manglares debido a la falta de una estrategia específica y coordinada para lograr su conservación. La deforestación de Tajamar hace evidente la enorme gravedad de estas fallas institucionales.

Hasta el momento, Fonatur no ha dicho nada sobre dicha destrucción. En su lugar, fue la misma Semarnat la que, por medio de un comunicado, se encargó de justificarla. El argumento de la Semarnat se basa en dos puntos: que el proyecto de Tajamar cuenta con todos los permisos, y que el artículo 60 TER entró en vigor en 2007, dos años después de la autorización del proyecto en 2005. El comunicado, sin embargo, omite mencionar a la ley NOM-022-SEMARNAT-2003, la cual ya estaba vigente en el momento de la autorización.     Esta norma establece las especificaciones para la preservación, conservación, aprovechamiento sustentable y restauración de los ecosistemas de manglar y establece que “toda obra de canalización, interrupción de flujo o desvío de agua que ponga en riesgo la dinámica e integridad ecológica de los humedales costeros quedará prohibida”. Asimismo, señala que “la infraestructura turística ubicada dentro de un humedal costero debe ser de bajo impacto, con materiales locales, de preferencia sobre palafitos que no alteren el flujo superficial del agua”.

La situación plantea dos grandes interrogantes: 1) ¿Es de veras legal la autorización de la manifestación de impacto ambiental y el cambio de uso de suelo del proyecto turístico de Tajamar? 2) ¿Por qué una institución evaluadora como la Semarnat se comporta en este caso como defensora y hasta promotora de la deforestación?

La premura por destruir el manglar de Tajamar se debe a que la vigencia de los permisos para el proyecto (cambio de uso suelo y autorización en materia de impacto ambiental) vence en febrero del presente año. Si se diera el vencimiento y el manglar del terreno siguiera en pie, entonces sería legalmente imposible obtener nuevos permisos. Ahora bien, los permisos que ahora existen aplican únicamente para el plan maestro de Tajamar, que integra 44 lotes en 49 hectáreas de humedal costero. Esto no significa que se haya medido y evaluado el impacto ambiental particular de cada lote. En el futuro, esos proyectos tendrán que estar sujetos a las “incómodas” evaluaciones en materia ambiental. La estrategia de Fonatur es, por tanto, acelerar la destrucción total del ecosistema para que los inversionistas no tengan que enfrentarse a molestos ciudadanos-ecologistas que defiendan su derecho a un medio ambiente sano.

Por si fuera poco, la ciudad de Cancún será la sede de la próxima Conferencia de las Partes (COP13) de la Convención sobre la Diversidad Biológica de la ONU. El ecocidio de Tajamar pone en evidencia que la conservación de la biodiversidad no es el objetivo de las autoridades ambientales mexicanas. Para que exista una verdadera congruencia, la sede debería ser replanteada.

La batalla legal iniciada por la sociedad civil de Cancún ha logrado por ahora la suspensión provisional del proyecto –no solo han concentrado sus esfuerzos en exponer las ilegalidades, sino que han velado por la protección del terreno noche tras noche.[1] Lo que Tajamar ha dejado claro es que este tipo de planes son incompatibles con las necesidades de un turismo sustentable para la región. A consecuencia del impacto ambiental de los últimos años, Cancún dejó de ser la playa de arenas blancas que la convertía en el principal destino turístico de México. En la búsqueda de un nuevo paraíso, el modelo de turismo depredador se esparce hoy como una epidemia a lo largo la Riviera Maya[2] sin comprender que el único resultado será continuar la destrucción.

Publicado en Horizontal y Ecoosfera

Por: Fernando Córdova (@FerCordovaTapia)

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Notas

[1] Se han lanzado tres campañas de recolección de firmas a favor de la conservación de Tajamar y su ecosistema de manglar:

[2] Si la actual situación de Cancún no despierta la conciencia crítica, entonces la costa de Quintana Roo está condenada a convertirse en un gran Tajamar desde Mahahual-Xcalak, pasando por la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an, Tulum, Playa del Carmen, Punta Nizuc, hasta Holbox.

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